Columna de opinión: Macarena Concha
Directora ejecutiva Sense Contents
Doctora © Comunicación
Los incendios forestales que han azotado a Chile en las últimas semanas no solo han dejado miles de hectáreas quemadas, comunidades devastadas y ecosistemas irrecuperables. Han vuelto a evidenciar una fragilidad estructural que el país arrastra desde hace años: la dificultad para transformar conocimiento científico en decisiones públicas oportunas, comprensibles y efectivas.
Chile no carece de investigación en prevención de incendios, gestión del riesgo, cambio climático o planificación territorial. Universidades, centros de investigación y equipos científicos llevan décadas produciendo evidencia robusta sobre las causas estructurales de estas catástrofes y sobre las medidas necesarias para mitigarlas. El problema no es la falta de ciencia. El problema es que esa ciencia no siempre logra llegar, traducirse ni incorporarse de manera significativa en los espacios donde se toman las decisiones.
Aquí es donde la comunicación científica deja de ser un ejercicio de divulgación y se convierte en un asunto estratégico. Comunicar ciencia no es solo informar a la ciudadanía ni simplificar contenidos complejos. Es, sobre todo, mediar entre lenguajes, tiempos, intereses y racionalidades distintas: la de la investigación, la de la política pública, la de la gestión territorial y la de las comunidades que habitan esos territorios.
En contextos de crisis, esta mediación resulta crítica. Cuando la investigación no se traduce en alertas claras, cuando los escenarios de riesgo no se comunican de forma comprensible para autoridades y equipos técnicos, o cuando la evidencia científica no se integra en los marcos que orientan la acción pública, las decisiones llegan tarde o mal. Y cuando eso ocurre, las consecuencias se miden en pérdidas humanas, ambientales y sociales.
Desde el campo de la comunicación sabemos que el conocimiento no circula de manera neutra. El lenguaje con que se presenta una investigación, los marcos narrativos que la contextualizan y los actores que la legitiman influyen directamente en su capacidad de incidir en la acción. Si la ciencia se comunica exclusivamente en códigos técnicos, desconectados de las urgencias políticas y territoriales, difícilmente será incorporada en la toma de decisiones. Pero si se reduce a consignas simplificadas, pierde densidad y fuerza transformadora.
El desafío, entonces, no es comunicar más, sino comunicar mejor y de manera situada. Se requiere una comunicación científica capaz de traducir la evidencia en criterios operativos para la política pública; de articular relatos que conecten investigación, territorio y urgencia social; y de construir confianza entre científicos, autoridades y comunidades. En otras palabras, se necesita institucionalizar la comunicación como una infraestructura estratégica del sistema de gestión del riesgo.
Las catástrofes socioambientales que vive Chile no pueden seguir siendo abordadas solo desde la emergencia. Exigen una gobernanza del conocimiento donde la ciencia, la comunicación y la toma de decisiones dialoguen de forma permanente, especialmente a nivel regional. Esto implica reconocer a la comunicación científica no como un complemento, sino como una función estructural de la investigación aplicada y de la acción pública.
Mientras no avancemos en ese sentido, seguiremos lamentando tragedias que, al menos en parte, eran previsibles. La evidencia estaba ahí. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué no logró llegar a tiempo a quienes debían decidir?
