Comunicación científica: entre la democratización y la vinculación estratégica

En tiempos en que las economías del conocimiento reconfiguran nuestras formas de producir y decidir, la comunicación científica deja de ser un ejercicio meramente pedagógico para convertirse en un espacio de articulación estratégica. Por décadas, la entendimos como vehículo de difusión, es decir, como la posibilidad de acercar resultados de investigación a públicos no especializados para democratizar el acceso al saber. Esa función sigue siendo fundamental: informar, educar y abrir la ciencia hacia la ciudadanía en un horizonte de inclusión y equidad. Sin embargo, en el escenario actual, resulta insuficiente.

Hoy la comunicación también es un mecanismo de vinculación entre ciencia, industria y territorios. Esto significa concebirla no solo como transmisión, sino como un proceso relacional, planificado y multiactor, que traduce lenguajes, conecta prioridades y genera confianza entre sectores con lógicas muy distintas. Desde esta perspectiva, comunicar ciencia es tanto abrirla al debate público como instalarla en la mesa donde se definen estrategias productivas, decisiones políticas y modelos de desarrollo territorial.

La diferencia es crucial. Cuando pensamos en la comunicación como difusión, lo que buscamos es acercar el conocimiento para que más personas lo comprendan y lo valoren. Pero cuando la concebimos como estrategia de vinculación, su alcance cambia: se transforma en infraestructura de gobernanza del conocimiento, capaz de institucionalizar espacios de diálogo y de orientar agendas en torno a problemas comunes.

Ejemplos de esto abundan: mesas técnicas donde investigadores y tomadores de decisión co-definen planes regionales de desarrollo; plataformas digitales que ponen a disposición información abierta para la industria; o programas participativos que integran evidencia científica y saberes comunitarios en torno a desafíos como el cambio climático o la sostenibilidad de los recursos naturales. En todos los casos, la comunicación actúa como puente que permite que el conocimiento sea no solo visible, sino también útil y legítimo para quienes toman decisiones.

Este tránsito requiere, sin embargo, de un cambio cultural en los propios sistemas científico y productivo. La industria necesita reconocer el valor de la investigación más allá de la innovación tecnológica inmediata, y el mundo científico debe desarrollar competencias comunicativas que faciliten que sus hallazgos lleguen a contextos aplicados.. La clave está en comprender que la comunicación no es un añadido posterior, sino una estrategia estructurante de cooperación y desarrollo.

En Sense hemos aprendido que este enfoque abre oportunidades únicas. Vincular la ciencia con los desafíos estratégicos de los territorios y con la innovación industrial no solo fortalece la pertinencia de la investigación, sino que también amplía su legitimidad social. La comunicación científica, entonces, no es únicamente una herramienta de democratización, sino también un pilar para el diseño de futuros compartidos.